Uno de los mails que recibí durante estos días
me pareció no sólo doloroso, sino revelador
de un estado de espíritu que atraviesa la derechizada
sociedad argentina de estos días. Esta derechización
no tiene nada de extraño pues el mundo ha girado
a la derecha y en los países ricos surgen el fascismo,
el neonazismo, la violencia contra el diferente, la incapacidad
del diálogo, el desprecio de la democracia. Estuve
–por cuestiones literarias– unos quince días
en Europa y la xenofobia, el racismo y la violencia que
conllevan son moneda de todos los días. Todos piden
que se expulse a los inmigrantes, que no se los deje entrar.
Se levantan muros legales o muros reales, como el que
levanta Bush contra los mexicanos. El mundo está
entre la derecha occidental y el irracionalismo extremo
del islamismo. Entre tanto, habían surgido algunos
gobiernos tenuemente populistas en América latina,
a los que se toleró durante un breve tiempo y sobre
los cuales las embestidas son cada vez más feroces.
Se trataría de quebrar algunas opciones de esos
gobiernos: reemplazar el Mercosur por el ALCA, abjurar
de todo gesto de intervencionismo estatal, eliminar cualquier
intento de redistribución de la riqueza, concentrar
definitivamente los medios de comunicación en el
sistema comunicacional que establece hegemónicamente
Estados Unidos (con matices, pero sin diferencias notables),
desterrar todo lo que apeste a populismo. Si esto se hará
democráticamente o no es difícil decirlo.
A Chávez, entre la oposición política,
los medios de comunicación y el apoyo de Estados
Unidos, estuvieron por voltearlo. Lo que se nota en la
Argentina es un factor que acaso (porque así es
este país) se manifieste con más potencia
que en cualquier otra parte: el odio. Sencilla, simplemente,
poderosamente el odio. Si alguien pudo pintar: “Cristina
vas a morir como Evita”, todo es posible. Si a Cristina
se le endilgan insultos del calibre más bajo, más
obsceno y si, para peor, son las mujeres las que principalmente
lo hacen, uno se pregunta: ¿qué pasa? Supongamos
que el gobierno de Cristina Fernández no le cae
bien a un sector de la población, pero: ¿es
para tanto? ¿Es para injuriarlo más que
a Menem, que a De la Rúa? Sabiendo (y aceptando
en alguna medida) que a otros gobiernos, sobre todo al
militar, no se les dijo nada de esto. Tomo un ejemplo.
El cantante Ignacio Copani escribió una canción.
Yo no conozco a Copani. Pero ése no es un problema
de él, acaso sea un problema mío. Escucho
música clásica desde joven y no he logrado
moverme de ahí. Hay quienes intentan hacerme “entrar”
en el rock, pero no lo logran. Lo siento. La cuestión
es que Copani compuso una canción que lleva un
título traslúcido. Se llama: “Cacerola
de teflón”. Debe tratarse de una crítica
al sector social pro-agrario que se manifiesta en las
calles con los utensilios que tiene en su cocina según
su pertenencia en la escala social. Las cacerolas que
tiene son de teflón. Copani canta su letra. Dice
lo que tiene que decir y ahí empieza la invasión
mediática. El “foro”, en Internet,
tiene un anonimato que facilita la agresión y hasta
el insulto más soez. Facilita la expresión
del odio. De este modo, Copani dice que, a raíz
de su canción, recibió algunos mensajes
afectuosos. Pero: “Pero he recibido también
otro tipo de contactos llenos de reproches, cargados de
odio, regados de violencia, intolerancia, agresión
y con un espíritu inquisidor que no creí
que anidara todavía en gente de mi comunidad. He
sido amenazado, agraviado, insultado, difamado, calumniado
y, peor aún, han sufrido ese tipo de atropello
miembros de mi familia. No me refiero a los impunes foros
de Internet sino a e-mails, cartas y llamados recibidos”.
¿Qué pasa? ¿Dónde estamos
viviendo? ¿Esta es la ciudad de Buenos Aires? ¿Esta
es la capital cultural de América latina? ¿De
dónde salió esta tropa de asalto, organizada,
feroz, violenta al extremo de estar a las puertas de la
agresión física? Sigue Copani: “Aquellos
que piensan que la Sra. Presidenta de mi país me
paga por verso, recital u opinión, .

simplemente están expresando su propia escala de
valores y asumiendo que ellos mismos podrían torcer
sus convicciones a un precio determinado. Yo no”.
Este es otro toque infaltable de este periodismo del odio.
Afirma: todo aquel que se manifieste a favor de este gobierno
lo hace por interés. En cambio, si “el campo”
llena la Plaza ahí está la patria, la tierra,
los valores centenarios, la clase rural que hizo la grandeza
de la patria. Si la llena el Gobierno son todos gronchos
traídos en los camiones de Moyano, o bandoleros
de D’Elía, o desdichados que están
ahí por un choripán. Y esto lo dicen periodistas
con una trayectoria. Que de pronto se han erizado también
de odio. Algunos de ellos cambiarán milagrosamente
no bien el Gobierno arregle con sus patrones, con los
grupos económicos para los que trabajan. La conversión
ideológica del periodismo en los últimos
tiempos ha sido vertiginosa. Incluso conozco mucha gente
que lo detecta. “¿Viste? Fulano ahora ya
no está en contra de Cristina”. “Y
claro: si la empresa para la que labura arregló
con el Gobierno.” Hay, sin embargo, un ingrediente
genuino en este periodismo que acaso ni puedan variar,
aunque el grupo mediático para el que trabajan
les dé la contraorden: su antiperonismo. El odio
gorila pocas veces penetró tanto en nuestra sociedad.
Y peor aún: el odio a la generación del
’70. Lo peor que se le puede decir a alguien es
setentista. Y al matrimonio presidencial se les dice sin
más “la pareja montonera”, cuando jamás
estuvieron en esa organización y no se ha discutido
aún con claridad los dislates o no que ha cometido
en nuestro país. Dice, en fin, Copani: “Nunca
discuto una crítica, sea como sea y venga de quien
venga. Pero en este caso no recibí opiniones sobre
la conformación estética del tema, de su
métrica, de sus rimas, de sus sonidos, de la destreza
para ejecutarla, sino una violenta y censuradora mirada
hacia el contenido de mis ideas y mi conducta, bien típico
de tiempos de inquisición y dictaduras”.
Voy a citar ahora otro mail. Es de Hernán Nemi,
que tiene 36 años, es profesor de Literatura en
la Universidad de Morón, da clases en varios colegios
secundarios y tiene un par de obras escritas para Teatro
por la Identidad. (Esto lo torna muy sospechoso para la
Argentina del odio y sus voceros comunicacionales. Porque
la cosa también tiene este costado de destrucción
fundamental: “¡Basta con esa cuestión
de los derechos humanos! ¡Basta de juzgar a militares!
¡Basta de exhibir a Hebe de Bonafini en cada acto!
¡Ni a la Carlotto nos bancamos ya! ¡Eso terminó,
es el pasado, hay que archivarlo!” O si no: “¡Hay
que juzgar a los guerrilleros! ¿O no quedó
alguno vivo?”.) Suscribo todo lo que dice Nemi,
de modo que citarlo es hablar y decir por su medio, que
es impecable, y exhibe una prosa inusual: “Se critica
a Cristina por autoritaria: ¿qué otro presidente
hubiera soportado cien días con rutas cortadas,
desabastecimiento y amenazas constantes sin disparar un
solo tiro ni reprimir en ninguno de los cientos de cortes
de caminos que hubo? Entre el 19 y 20 de diciembre de
2001 murieron 31 personas en la represión del gobierno
de De la Rúa a las manifestaciones populares. El
matrimonio ‘montonero’ tuvo la actitud más
tolerante y democrática frente a las protestas
de la ciudadanía que se recuerde en toda la historia
argentina”. Aquí sólo podríamos
pulir la frase “toda la historia argentina”.
Hubo otros gobiernos con tolerancia de democrática.
Es cierto que, en este caso, el llamado “campo”
ha paralizado el país y su abastecimiento. Se trata,
sin más, de un acto de subversión absoluto
que deteriora por completo el funcionamiento del país.
Y a los piqueteros se los quería colgar por cortar
una calle. Sigue Hernán Nemi: “¿Es
éticamente correcto que la clase media y alta de
Buenos Aires salgan a golpear cacerolas por las retenciones
del campo cuando jamás las golpearon por las flacas
jubilaciones que cobran nuestros viejos ni por los chicos
que tienen hambre, ni por los sueldos docentes, ni por
la carpa docente, ni por la privatización vergonzosa
de nuestras empresas en los ’90?”. Y también:
“¿Tiene autoridad moral la Sociedad Rural
de pedir más institucionalidad cuando apoyó
a cuanto gobierno de facto hubo en la Argentina? ¿Este
campo hoy indignado es el mismo que aplaudió a
Menem a lo largo de la década del 90? Sí,
es el mismo”. Es siempre el mismo, Hernán:
es el que recibió con atronadores aplausos a Juan
Carlos Onganía cuando el dictador entró
en el predio de la Sociedad Rural... ¡en carroza!
El que abucheó a Alfonsín. El que respaldó
a la patria financiera en el golpe de mercado. El que
apoyó a Videla y negoció con Menem. Hoy,
en esta Argentina del odio, es la clase heroica que representa
los intereses de la patria. ¡Y con los periodistas
progres a sus pies! Y, por fin, escribe Hernán:
“Quienes piensan –legítimamente–
que los ruralistas tienen razón, ¿por qué
lo expresan a través de mails o comentarios tan
agresivos, tan cargados de odio, tan faltos de argumentos
racionales?, ¿qué nos pasa a los argentinos
(y argentinas) que nos cuesta tanto bancarnos a una mujer
como presidenta? Muchos de los adjetivos de esos mails
–muchos de ellos enviados por mujeres– muestran
el peor machismo: se la llama a Cristina ‘puta’,
‘conchuda’, ‘turra’, ‘tilinga’...
Y al mismo tiempo, los argumentos brillan por su ausencia”.
Es así, Hernán: pero eso de bancarse a una
mujer como presidenta no nos pasa “a los argentinos”,
sino a ciertos argentinos. Y si hiciera otra política
le tirarían flores. No es que no se bancan a una
mujer, no se bancan una política. El poder, en
este país, es pragmático. Si hacés
lo que yo te digo, lo que yo necesito, lo que llena mis
arcas, estoy con vos y sos hermoso. No lo olviden: si
el establishment argentino se bancó a Menem, se
puede bancar a Drácula. Al sólo costo de
que Drácula haga lo que ellos quieren.